HISTORIA… la penal 1936 & Cumanda

LA LEYENDA Una leyenda sin certezas Tras la pista de Mera Juan León Mera, nacido el 28 de junio de 1832, ambienta su famosa novela Cumandá en las playas formadas en la unión de los ríos Palora y Pastaza. Exactamente las mismas que circundan la parroquia hoy llamada Cumandá. Por esta coincidencia, mucha gente se inclina a creer que fue el lugar de inspiración del escritor ambateño. En la época en que se escribió la novela (finales del siglo XIX) el Oriente ecuatoriano era un lugar inhóspito, de muy difícil acceso. Para el escritor ambateño Mario Cobo, Mera nunca estuvo en el entorno que describe la novela. Cobo asegura que la obra fue escrita sobre la base de testimonios de comerciantes que sacaban los productos a través de los senderos selváticos.  

Solo un muro de piedra que forma una pequeña poza de aguas cristalinas queda de lo que fue la primera prisión construida en la Amazonia. Hoy, de La Penal -como llamaba a la cárcel la gente de los pueblos aledaños- solo hay recuerdos y los testimonios que convivieron con los convictos o penados, como se les conocía en aquel entonces. En la pared frontal de esta especie de represa, que servía para que los presos se bañasen, se divisan un par de bóvedas en donde cabe una sola persona en cuclillas. En este sitio eran colocados los penados cuando los castigaban por mal comportamiento. Era el año de 1942, cuando 100 reos (todos provenientes del Penal García Moreno), la mayoría de raza negra, custodiados por 40 policías, llegaron hasta las inmediaciones de lo que en aquel entonces era la parroquia Mera. La Amazonia ecuatoriana empezaba a recibir colonos de distintas partes del país por esa misma época.

Hermanadas por la literatura Mera es parroquia desde el tres de julio de 1904. Cumandá, desde el 10 de febrero de 1960. Ambas hacen honor al escritor ambateño. Un sendero selvático llevó a los presos hasta las orillas del torrentoso río Pastaza y una pequeña tarabita les permitió llegar hasta su nueva prisión. El penal estaba ubicado en un sitio agreste rodeado de selva virgen por sus tres costados. El caudaloso Pastaza no permitía el paso de nadie. Las condiciones eran ideales para los propósitos de las autoridades: evitar la cercanía de convictos peligrosos con Quito. En medio de tanto verde, los reos vivían casi libremente. Sembraron yuca y caña; elaboraban panela y vivían es sus cabañas de madera y techo de paja. De fugas nunca se supo, porque los que intentaran escapar morirían en las bravías aguas del Pastaza o presas de los animales de la selva. Pero no todo era hostil, los prisioneros también tenían alicientes. Carlos Peñafiel, un morador octogenario de Mera, recuerda que debido a la cercanía entre la prisión y el poblado, los domingos, alrededor de 40 reos desafiaban, abordo de una canoa, las aguas del Pastaza para llegar hasta la plaza de la parroquia. Al principio ésta fue una práctica ilegal (que se realizaba con la complicidad de un canoero de Mera) y pronto la misma Policía la autorizó. La primera vez que la gente de Mera los vio hubo temor, al punto que alrededor de 30 familias se fueron a Puyo. Pero con el tiempo los jóvenes del poblado hicieron amistad con los penados. Estos últimos llegaban a las 8:00 a Mera. Desde ese momento se entablaban aguerridos partidos de fútbol y voleibol entre lugareños y foráneos. Nunca hubo peleas, más bien mucha camaradería, según recuerda don Carlos. Cada domingo, alrededor de las 11:00, 20 policías llegaban a la plaza de Mera para llevarse de vuelta a sus cabañas a los prisioneros. Un nuevo grupo de reos se turnaría la siguiente semana para los encuentros deportivos. Siempre lo hacían en grupos de 40 hombres. Esta rutina duró 10 años. Por razones económicas, la cárcel cerró y la mayoría de reos regresó al penal de Quito; solo algunos quedaron libres al cumplir su condena. En las inmediaciones de la antigua prisión se formó un poblado al que llamaron Colonia La Penal, que ocho años después se transformaría en la parroquia Cumandá, perteneciente al cantón Palora de la provincia de Morona Santiago. Esto sucedió inmediatamente. El Estado adjudicó las tierras a cerca de 10 familias de la Sierra, que se lanzaron a poblar la Amazonia. Mientras por una parte nuevas casas de madera se levantaban salpicadas entre la selva, por otro lado las cabañas de los presos se iban deteriorando y así se silenciaban para siempre los únicos testimonios de su paso por esas tierras. Hoy, un camino lastrado y un puente colgante sobre el río Pastaza llevan hasta ese mismo lugar, que se llama Cumandá, en honor a la novela escrita por Juan León Mera en el siglo XIX. Aunque sin certezas históricas, en la zona muchos creen que este punto geográfico coincide con aquel que describe el escritor ambateño en su narración. Tanto la aldea que habita la bella Cumandá en la novela, como la parroquia Cumandá están muy cerca de las playas de los ríos Pastaza y Palora. (tomado de Diario El Comercio)